martes, 25 de agosto de 2009

CINCO AUTORES SANTIAGUEÑOS

La estación de los lapachos (Antonio Cruz)
GUERRA
(Estamos invitados a tomar el té// la tetera es de porcelana// pero
no se vé, // yo no sé por qué.) María Elena Walsh

El tercer año del durazno, el gran canciller del reino preguntó al rey niño si deseaba comenzar la guerra.
-Mi rey, ¿aprobáis la declaración de hostilidades al pérfido emperador del Japón?
El rey respondió:
-Tí.
Y siguió chupando un caramelo.

Juan Manuel Aragón



SANGRE FRÍA

Lo maté de un solo tiro.
Después, con mi cuchillo de caza, le corté la cabeza y la tiré hacia atrás; sin darme vuelta a mirar dónde caía, pedí tres deseos.
Finalmente me fui a desayunar (café con leche con chipaquitos) al bar de la estación YPF.
Me percaté recién, a través del vidrio sucio, que al salir había dejado desierta la sala de videojuegos.

Julio Carreras


TENTACIÓN

¿Yo, retorcida? ¡Si soy lo más simple que puedas encontrar! Me gusta la naturaleza, tanto que vivo aquí, en este jardín casi mágico, donde todos me reverencian. Soy inofensiva, no le hago daño a nadie y nadie me hace daño.
Pero te veo tan tímido, mi amor, que no puedo dejar de sugerirte algunas cosas. Es por tu bien, y por el de ella también. ¿Cómo piensas que Él, siendo tan bueno, sería capaz de enojarse contigo?
-Es que Él me dijo que…
-¡Hombres tenían que ser! ¡Cuándo dejarán de aferrarse a la letra de las palabras! Si tuvieran un poquito de intuición… (“No serían hombres”, pensó la serpiente, mientras Adán iba corriendo a contarle a Eva lo que había charlado con ella, unos instantes antes de perder para siempre el dominio sobre el Jardín del Edén.).

Adriana Del Vitto


DESENGAÑO

La señora del doctor Jeckyll se enamoró de Mr. Hyde. La fascinaron sus modales bruscos, el modo brutal de hacer el amor, su pelo hirsuto que le salía hasta por las orejas. Una noche se enteró del terrible secreto y desde entonces encuentra a su amante torpe, grosero, desagradablemente peludo.
Raúl Lima

NOCTURNO DE PASIÓN

El dramaturgo sonríe. La mirada verde y chispeante de la pelirroja lo ha seguido durante toda la actuación y él intuye la invitación que es tan vieja como el mundo.
Sospecha que su desfachatada elegancia ha hecho lo suyo. Es audaz y se sabe atractivo.
Camina hacia su camarín divertido y ansioso. Tiene la certeza de que en un rato ella gemirá en sus brazos.
Despierta atormentado por un frío espantoso. Algo lacera sus entrañas.
Las sábanas están viscosas. Prende la luz y las ve teñidas de rojo.
Imagina el último acto de alguna de sus tragedias.
La pelirroja ya no está en escena.
Antonio Cruz

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