domingo, 10 de enero de 2010

CUATRO NARRADORES SANTIAGUEÑOS



Crónica de un día moroso (Belén Cianferoni Figueroa)

Hoy es el día de las deudas, llueven deudas por la calle, inundan deudas por el teléfono. Se cuelan deudas por los pulmones, parando la respiración, metiéndose en el torrente sanguíneo. Se detienen a tomar un café en el corazón, se desvían, pierden el rumbo, se hallan en a garganta, saliendo por las cuerdas vocales en un divino vozarrón moroso que grita: ¡Mañana te pago!

Números redondos (Francisco Avendaño Rímini)

No hay violentas flores negras, sólo lentos ascensores. Desde este punto de caos partimos para ser hoy calma derramada. El poeta se suponía entre lentas flores y trató de descoser su mundo con un par de palabras desafiladas.No hay gaviotas, ni abiertos horizontes, sólo esta sensatez de barro que nos cubre todos los contratos. Quisiéramos algo más: caminos sin plazo fijo, abrazos que no multipliquen, papeles sin gastadas oraciones. Pero al cabo de un día somos una cucaracha herida que no le teme a tu zapato. Es todo lo que se debe repartir, la inútil paciencia de los resignados.Pienso en estas cosas mientras miro un papel con un número en la silla de un banco.Juan María Brausen, Postales de Santa María, 1939.

Julieta y Julieta (José Cesca)

A través de los cristales miró a la luna recordando sus lágrimas y todo su dolor, mientras que al verse en el espejo no veía nada más que una miseria que vivía a causa de suya, pues sin mar no habría más sal que pueda recorrer sus piernas.Arrepentida de sus actos sin perder la fe se marchó hasta su casa, corría bajo los graves tonos que dejaban las gotas al romper con la única gran ilusión de encontrarla con vida. Sus pasos se hicieron saltos bajo la noche que usó de manta, sus ojos estallaron en el llanto más intenso confundiendo ya la lluvia con el líquido de las pupilas.Cuando llegó a la casa ella estaba tirada cubierta por una sabana con el emblema sagrado. El ritual ya había terminado y mientras lloraba en su cuerpo ella también tomó el veneno, cerrando sus ojos pensando solo en cruzar ese umbral del reencuentro, donde el amor al ser lo mismo no seria prohibido, el nuevo mundo donde revivirían asesinando a lo más subjetivo.

La madre de las huríes (Juan Manuel Aragón)

Al Manzor al-Harabí bin-Younes (o como quiera que se escriba su nombre), contaba que había leído, en alguno de los periódicos que infestan El Cairo, que un día aparecería un hombre con el papiro en el que estaba escrita la verdadera historia de la madre de las 10 mil huríes del paraíso.Al Manzor se hizo viejo sin que apareciera el hombre del papiro, hasta que una ocasión, en un cinematógrafo de la ciudad que besa el Nilo, pasaron una cinta de Marilyn Monroe. La noche del estreno la profecía se cumplió (en el caso de que hubiera sido una profecía, pero eso solamente lo sabe Alá, que es grande).

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