lunes, 2 de noviembre de 2015

MICRORRELATOS DE MÓNICA MAUD (Santiago del Estero)



Obsequio

La doncella se ruborizó frente a sus labios.
- Que luzca el mejor vestido – ordenó el joven desafiando al rey.
- Sí, que nuestras deliciosas piedras, nuestros oros y riquezas adornen sus cabellos – gritó la multitud.
- Que su calzado de azafrán ilumine cada uno de sus pasos – el príncipe imploró.
- Que sus manos blancas dibujen nuestros sueños – clamaron.
La doncella se deslizó engalanada hacia su encuentro.
- ¡Qué viva la reina! – rugieron los muros imperiales – El ojo de la piedad.
- ¡Qué viva! – se oyó - ¡La heredera!
La cabeza de la mujer rodó, esparciendo lágrimas, a los pies del penúltimo beso.


La promesa

Los amigos se encontraron en una esquina. Estupefactos, se miraron. Llegó el abrazo; luego, las lágrimas.
Ambos suspiraron la antigua promesa.
Dos dagas centellearon. Sólo una se opacó.


Orgullo

Jamás había podido con un rompecabezas.
- Malditos ingeniosos que destruyen este orgullo que me alimenta – blasfemaba, mientras se arrastraba por los valles de la miseria.
El día de su cumpleaños recibió uno; y lo desechó. Pero, la curiosidad o el arrebato lo sentaron a la mesa.
Veinte años se tardó. Cuando quiso ver el sol, la figura apareció: heridas, piedras, ruindades, promesas, palabras, cadáveres; sólo diminutos trozos de cartón.
Murió (o se desvaneció en su arrogancia). Dicen que no despertó.


Reyes

Según el oráculo, el sendero pedregoso era el de la derecha, pero su sentido común indicó al rey semejante equívoco.
Rió a carcajadas cuando la tropilla llegó arrastrando en despojos el cuerpo de su enemigo. Atila, el rey.


Salvación

La languidez de sus manos lo apesadumbró. El hedor a viejo lo atormentó. Los gemidos de dolor lo contuvieron. El espejo enmudeció.
Un médico, dos asistentes, tres angarillas,  cuatro drogas, cinco canalillos; el respirador, que él ahogó en su postrera espiración.  


Supuesto

Si hubieras imaginado que el decreto acabaría con la existencia de tus seis hijos enamorados de aquella, tú sonrisa, ¿habrías mantenido la cordura entre la furia y la pasión, y tal vez, sólo tal vez, habrías soslayado tamaña insensatez?

Te juzgan. No comprendes. No hay sentencia. Sueñas. No lo sabes. El sudor te envuelve. Acabas de desnudarte frente al espejo de los rostros olvidados. Presumes el hedor. Gimes. Recuerdas. Aúllas. Tu vida ha cobrado sentido: asesinar a tu mujer.


Mónica Maud (1962) es oriunda de Santiago del Estero, Capital. Ha estudiado Letras en los niveles terciario y universitario. Ha ejercido muy poco la docencia ya que decidió dedicarse con más apego a la comunicación social, ha sido propietaria y editora de Revista Pragma, dedicada a la Lingüística; luego, editora del Suplemento Cultura de Nuevo Diario, es directora editorial de Revista Aprender. Ha colaborado con numerosas revistas literarias y con La Gaceta Literaria, de Tucumán.
Tiene editado un libro de cuentos, Yo, sacrílega y otros, inéditos.  Es solitaria, lectora voraz y fanática de los escritores argentinos del Boom y de los rusos. 

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