domingo, 5 de junio de 2016

ROGELIO RAMOS SIGNES (Tucumán)





AMOR QUIRÚRGICO

La primera vez que me rompiste el corazón, me operaron y estuve internado hasta después de las Fiestas.
La segunda vez que me rompiste el corazón, escuché que el médico le decía al instrumentista que estaba cansado de idiotas reincidentes.
Cuando sientas que es inevitable romperme el corazón por tercera vez, te ruego que lo pienses. Me he quedado sin obra social.


EL BESO DEL SAPO ENCANTADO

Siempre se puso en duda la veracidad de esta historia. ¿Puede un príncipe, por medio de un encantamiento, convertirse en sapo? ¿Y un sapo puede volver a ser el príncipe que dicen que alguna vez fue? Es difícil de responder. Tomar partido por “sí” o por “no” sería meterse en terrenos cenagosos.
Sólo podemos asegurar que cuando la bellísima princesa lo besó apasionadamente; el sapo, por supuesto, estaba encantado.


EN BUSCA DEL DIÁLOGO

Aquella tarde estuve a punto de decirle lo que pensaba de ella, pero preferí callar y me saqué la camisa. Ella, aunque también quería decirme algo, hizo silencio y se sacó la blusa.
Sin animarme a arriesgar una palabra, me quité el pantalón, mientras ella, con idéntico silencio, se quitó la pollera.
Era mucho lo que teníamos para decirnos, pero todavía guardamos silencio un momento más, hasta despojarnos de la ropa interior.
Entonces sí, ya no hubo impedimentos, y pudimos hablar a calzón quitado.


ELLA Y SUS FRASES

“Como dijo Zenón -me anunció ella-, has de saber que tienes dos orejas y una sola boca para que, oyendo mucho, hables poco.”
Yo, que suelo ser muy tonto cuando me lo propongo, y que oyendo poco, hablo mucho, le pregunté con harta suficiencia “¿Qué Zenón dijo eso? ¿Zenón de Citio o Zenón de Elea?”
Y ella, que tiene pocas pulgas (porque es muy limpia) tomó su cepillo de dientes, su jabón, su esponja, su toalla, y me dejó aquí, en medio de esta habitación, solo como un hongo y sin saber, eternamente, a qué Zenón se había referido cuando me dijo aquello.
Tal vez me lo merezco.


FAHRENHEIT 1976

No era el fútbol que a mí me gustaba. De hecho tampoco era fútbol, pero así le llamaban y era el único deporte que se practicaba. La pelota, de cristal transparente y alargada como un chorizo, era trasladada de campo a campo en el bolsillo del delantal; no podía ser tocada con los pies (lo que automáticamente suponía la cárcel para el involuntario pateador); los penales se decidían según cómo cayeran los dados dentro de una pileta de natación; y a los goles los anotaban los arqueros, cabeceando la pelota colgados de un helicóptero, y sólo si llovía.
No era el fútbol que a mí me gustaba, insisto, pero le llamaban fútbol y era lo único que se practicaba allí por entonces. Así y todo llegué a ser el goleador del torneo, lo que unánimemente se consideraba una afrenta al país. Por ello es que fui condenado a escribir un árbol ("Graciela y Antonio se aman" fue mi frase), a plantar un hijo (en el patio de atrás del conservatorio de corte y confiscación, como es bien sabido) y a tener un libro. Eso desencadenó mi tragedia, porque los militares (otra vez) habían derrocado al gobierno. Así fue como cortaron el árbol (porque entorpecía la luz de un semáforo), se llevaron a mi hijo con incierto destino, y quemaron el único libro que tenía en mi biblioteca.


Rogelio Ramos Signes (San Juan, Argentina, 1950) vive en Tucumán desde 1972 y ha publicado más de veinte títulos de poesía, narrativa y ensayo. En microrrelato ha publicado Todo dicho que camina (Universidad Nacional de Tucumán, 2009); es autor de siete libros de microrrelato inéditos y de un libro de teoría. Ha sido incluido en numerosas antologías, en diferentes partes del mundo, compiló Monoambientes donde se incluyen 29 microrrelatistas del NOA,  ha dictado charlas y conferencias y ha coordinado talleres dedicados a la minificción. Hace poco tiempo se publicó La vie en bref, antología de microrrelatos bilingüe castellano/francés. En los próximos días entrará en imprenta Cuaderno Laprida, un proyecto por demás interesante.





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