jueves, 4 de julio de 2019

MARIANA RUIZ (Buenos Aires)




Acorralada
Le duele el alma de tanta caricia salvaje. El amor se fue transformando en un puño permanente y duro. Y ahora la noche se burla de ella, de su apariencia. De ella, que apoya la vida en la mesada de la cocina, su refugio. Y ve que una sombra aparece en el umbral; una sombra que viene a arrancarle los deseos, los sueños.
Agazapada como un animal en peligro, siente el miedo en el cuerpo. De sus ojos cae la duda del perdón.         

Aislamiento
Deambulaba por la casa en la que vivió toda su vida. Un día, notó que el polvillo se estaba acumulando demasiado. Fue a buscar una escoba. Y, al pasar frente a un espejo, se dio cuenta de que no era polvillo, sino su propia piel que se descamaba.

El último rincón
Sólo en el mundo, caminó por el húmedo puente de viejas maderas. Observó la desolación de las montañas. El día, lluvioso. Triste. Meditó frente a su reflejo, y dejó que el agua lo tragara.

La llamada
Se desploma en mis hombros, me respira en el oído, me comprime fuerte. Quiere apoderarse de mí. Esta noche caigo sumisa ante ella. Como en un ritual, veo almas que vagan juntas, que me observan. Que esperan. Y cuando la luna truena su mortal llamada, ya es hora. Mis huesos se estremecen y la hambrienta sombra se apodera al fin de este mi cuerpo añejo.

Salir
A veces sueño con los pies y se me vuelven pesados, duros como piedras.
A veces, el cuerpo se me pone liviano y no lo puedo manejar: él me maneja a mí.
La cama se ha vuelto mi refugio, y ya no puedo hacer nada más.
Cada vez que alguien entra en mi habitación, mira la cama, abre la ventana y llora como si yo no estuviera.
Una cosa me llama la atención: hace un rato, escuché hablar a mi tía y a mi hermana de que ha pasado mucho tiempo y de que ya es hora de cambiar la habitación.
—De darle vida —dijo mi tía.
Vi que mi hermana cargaba unas flores.
—Por su aniversario —dijo acongojada—, la voy a ir visitar.
Asustada —confundida, mejor dicho—, salgo de la cama. Cuando me paro me doy cuenta de que no puedo acariciar el piso.

Encierro
Vive en una pequeña casa de insoportable mutismo, donde a veces huele el frío de la ventana. Los pensamientos lo abruman. Apenas logra llegar a la viga. Ahí grita un afónico trueno al aire. Indefenso, siente que va a enloquecer. Raídas plumas le crecen en la espalda y lo enloquecen. La piel se le cae. La cara se le transforma. La boca se le hace pico. La libertad era sólo un sueño.


Mariana Ruiz nació el 19 de septiembre de 1982, en Buenos Aires. Es estudiante de Ciencias de la Comunicación, en la UBA, lectora, escritora y cinéfila. Colaboró con notas periodísticas y entrevistas, en revistas y periódicos como Piso 13, Periódico Irreverentes, CineramaPlus+ y Flores de Papel. Publicó poemas, cuentos y microrrelatos en antologías: El Diario de los Poetas, Pinceladas de Poesía, Cuestión de cuentos, Amarillo, Otra piel, Derribando muros y Una casa para siempre, editado en Perú. Es miembro del “Grupo Literario Ayacucho”, con el que publicaron la obra colectiva Magia y Reflejos de Buenos Aires. Participó en la Clínica Literaria ROI Cuento 5, y actualmente del taller de Claudia Cortalezzi. Regresar es su primer libro (2017). Obtuvo Mención de Honor en Microrrelatos GUKA.

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