Están sentados delante mío, en otra mesa, pero dándome la espalda. Hablan. Beben vino tinto. Es una noche de viernes, y ellos están muy juntos en un lugar así, de segunda, llamado la casa de X. Tienen… ¿Treinta años? En el lugar hay luces, aplausos, indiferencia de los músicos cuando dicen sus frases previsibles, y efusión, un segundo después cuando tocan y cantan. Ella es morena, de labios rojos. Y un poncho marrón con listas también rojas, pero no tanto. Se le adivinan los hombros. En un momento conversan. Él se inclina y le habla. Se ríen. Él le acomoda el poncho… y de paso su mano le toca el hombro. Esas sensaciones que conoce la mano de un hombre: la espalda de la mujer, aquello que muestra al irse. Pero ésta no se va. Más bien se acerca a él y le dice: Tocame, estamos así ahora, tan bien. Acaso no estamos de acuerdo en… el color del vino, en ese lugar de Árraga y en la música de ¿Aldo Monges? Él hace una broma. Ella ríe nuevamente, se levanta al baño y pasa a mi lado. El fuma. Tanta intimidad sobre la mesa.
miércoles, 27 de octubre de 2010
UNA ESCENA - Alberto Tasso
PAUSA - Ricardo Aznárez
Había pescado todo el día para otros, había acomodado el campamento de los pescadores, y volvió a la orilla del río Dulce, en Santiago, cerca de Villanueva.
La ribera era alta, como a cuatro metros del agua y el boliche estaba casi en la barranca.
Era chico; entre la puerta y el mostrador había menos de dos metros y atrás las amadas y multicolores botellas en la estantería.
-Una Ginebra,- pidió y tomó.
-Otra,-dijo, y ahí recién empezó a pensar, a sentir, a estar en el lugar perfecto.
Podría haber ocurrido en una taberna igual del Yukon, con whiskey en lugar de ginebra, mucha nieve, y una bolsa de pepitas de oro en lugar de la libreta y la confianza del bolichero.
En la segunda copa, descubrió al hombre borracho, que acodado en el mismo mostrador empezó a contar su historia de infidelidades sufridas.
En la tercera copa, reparó en la mujer que cocinaba en un rincón, en sus piernas y en la prominencia de sus pechos y glúteos.
En la cuarta copa, no ignoró que ella lo miraba.
En la quinta copa, alguien llamado Jack London soñó esto pero no llegó a escribirlo.
viernes, 8 de octubre de 2010
VERANO - LUÍS MARÍA ROJAS
La monotonía de las casas de barrio parecía acentuar más el calor de la siesta, pero ya no quedaba nadie para soportarlo.
SIN VIERNES - MARÍA PÍA DANIELSEN
Eligieron un día de la semana. Fue el de Venus, diosa de la belleza y el amor. Viernes de almas y cuerpos desnudos. De confidencias largas, musas inquietas y labios fundidos sin tregua. De eternidad revestida de sueño, toalla, peine y cepillo.
Venus fue vertiente, acorde, puente.
Su ausencia mutó a pasión crucificada en el calvario del viernes santo.
La semana, huera de viernes, cubrió de añoranzas la figura de los amantes descarriados.
LAS SOMBRAS QUE SE VOLVIERON INSIGNIFICANTES - CLAUDIO ROJO CESCA
Por aquellos días, los miembros de una sociedad secreta se reunían en un edificio en ruinas, lejos de la zona mejor iluminada de la ciudad. Le rendían culto a un dios que no tenía nombre y bebían una libación que preparaban con vino tinto y la sangre de un ave exótica.
Cada año ofrecían una ceremonia orgiástica en la que se sacrificaba a un recién nacido. Así fue durante décadas hasta que, hace algún tiempo y en virtud de algún conjuro, los recién nacidos dejaron de morir por el filo de la daga.
Uno de sus sacerdotes dijo: “terribles cosas sucederán, porque las entidades no pueden ni deben renunciar a la muerte”.
Los días pasan, la sociedad secreta se ha disuelto y el edificio en donde se reunían continúa en ruinas; pero las sombras que alberga son ahora insignificantes y desconocidas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


