Escuché la sentencia del jurado. No pestañeé, creo que ni siquiera hice una mueca. Recorrí con mi imaginación el sueño soñado anoche. Volví sobre mis pasos, atravesando el pasillo a mi celda.
Me condenaban nuevamente y, como en mis sueños, por cada condena una vida distinta me esperaba en castigo. La condena sólo era un pretexto de los dioses para hacerme inmortal.

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